Ahora que se acerca Semana Santa, y como es habitual desde hace dos años, sin querer me vuelve a la cabeza durante unos días (semanas) una de las experiencias musicales más interesantes por las que he pasado. Me consta que a bastantes de los que formamos parte de ella nos cuesta olvidar la interpretación de la Pasión según San Mateo de Bach que hicimos en el 2006 con el Cor de Cambra de l’Auditori Enric Granados de Lleida junto a la Bach Akademie de Berlín, dirigidos por Heribert Breuer.
Ahora que me he puesto a estudiar tres cantatas de Bach para dirigirlas en un proyecto cercano, constato varias cosas. Una, que cuando estudiaba Grado Medio y decía que Bach no me gustaba porque sonaba como una máquina, no tenía ni idea. Sí que es cierto que Bach tocado en el piano sigue sin entusiasmarme en general (debe de ser una especie de trauma), pero sea en clave, cuerda o sobre todo cantado, me parece inigualable… También constato que la gente que dice que la música de Bach habla por sí sola no está tarada. O no toda. El texto de las obras abre un montón de posibilidades de interpretación, o guía en el camino de tomar las decisiones (no quiero decir que sólo haya una manera de interpretarlas… sino más bien que a cada uno el texto le guía a hacerlo de una manera o de otra). Y la tercera constatación (de lo general a lo particular) es que los recitativos en las cantatas y oratorios de Bach tienen una fuerza interpretativa que jamás habría sospechado antes de escuchar a Martin Petzold y de trabajar con Heribert Breuer.
Para mí los recitativos eran una parte ágil y no medida de los oratorios, donde se narraba la acción transcurrida. Hasta aquí bien, sin más. Pero resulta que si donde dice que a Cristo le pegaron dos bofetadas, el cello continuo toca la cadencia de después con una rabia y una fuerza patentes, aquello toma otra dimensión. Y si cuando el tenor dice que cantó el gallo (que hizo a Pedro darse cuenta de que efectivamente había negado a Jesús tres veces), utiliza un timbre descaradamente nasal, la cosa ya no es narrar la acción sin más.

Lástima que no se grabaran los conciertos que hicimos ahora hace dos años, sobre todo el de la sala de cámara de la Berliner Philharmoniker, porque no he visto un público más empático en ningún sitio. Me acuerdo de que había gente que seguía las arias articulando el texto, gente con partituras… Y sobre todo que al final, cuando Jesús muere y se acaba todo tan triste, nadie aplaudió durante al menos veinte segundos. Sabían que se necesitaba ese silencio después de dos horas y media de música, aunque el director hubiera bajado las manos (y que conste que soy atea de toda la vida, pero la historia que se acaba de contar es la que es, y es trágica).
Y así vamos aprendiendo cosas de todos los sitios, y nunca se sabe cuándo va a haber que utilizarlas. Ahora, dentro de unos meses. Allá vamos.




